Lenguaje técnico en sala: cuando saber mucho no significa explicar bien
El lenguaje técnico en sala puede convertirse en un problema cuando la precisión profesional termina dificultando la comprensión. Un perito puede dominar perfectamente su disciplina y, sin embargo, transmitir sus conclusiones de forma tan compleja que el tribunal no consiga seguir el razonamiento.
La psicología forense utiliza conceptos especializados, pruebas, escalas, criterios clínicos y modelos teóricos que no forman parte del lenguaje cotidiano. Eso es inevitable. El problema aparece cuando el perito da por supuesto que todos los presentes entienden términos que para él resultan familiares.
En ese momento, la comunicación deja de cumplir su función.
La ratificación no consiste únicamente en demostrar conocimiento técnico. También exige traducirlo.
Un informe o una declaración pueden ser metodológicamente sólidos y, aun así, perder gran parte de su utilidad si el juez no puede identificar con claridad qué significa cada conclusión y cómo se ha llegado a ella.
La precisión no exige hablar de forma inaccesible
Existe la idea de que simplificar el lenguaje implica perder rigor. Sin embargo, precisión y claridad no son opuestas.
Un concepto puede explicarse de manera accesible sin deformarlo.
Por ejemplo, utilizar un término como “validez discriminante” puede ser apropiado si resulta relevante para la explicación. No obstante, debería aclararse qué significa en ese contexto y por qué importa para la conclusión.
La cuestión no es evitar toda terminología especializada, sino impedir que el lenguaje sustituya al razonamiento.
Una formulación técnicamente compleja no es necesariamente más exacta.
De hecho, si nadie entiende qué quiere decir, su valor práctico disminuye considerablemente.
El tribunal no debería tener que traducir al perito
El juez, los abogados y el resto de profesionales presentes en sala pueden estar familiarizados con determinadas cuestiones psicológicas, pero no tienen por qué conocer el significado preciso de cada concepto clínico o psicométrico.
Corresponde al perito realizar esa traducción.
Por ejemplo, si se menciona una puntuación elevada en una escala, debería explicarse:
- qué dimensión evalúa;
- qué indica aproximadamente el resultado;
- qué no puede concluirse a partir de él;
- y qué relevancia tiene para la cuestión pericial.
Decir únicamente que una puntuación se encuentra “por encima del punto de corte” puede resultar insuficiente.
La cifra necesita interpretación.
Y la interpretación necesita contexto.
El exceso de tecnicismos puede ocultar la idea principal
En una explicación demasiado técnica, el mensaje central puede desaparecer entre conceptos secundarios.
El perito puede hablar de:
- percentiles;
- índices;
- consistencia interna;
- escalas de validez;
- comorbilidad;
- funciones ejecutivas;
- sesgos cognitivos;
- o mecanismos defensivos.
Todos estos conceptos pueden ser relevantes. Sin embargo, si se presentan de forma acumulativa, el tribunal puede perder de vista la pregunta principal.
Por ello, conviene distinguir entre:
- lo imprescindible para comprender la conclusión;
- lo útil para justificarla;
- y lo accesorio.
No todo lo que el profesional sabe necesita ser explicado en sala.
Explicar una prueba no significa dar una clase sobre la prueba
Uno de los errores frecuentes consiste en responder a una pregunta sencilla con una explicación exhaustiva del instrumento utilizado.
Si se pregunta qué aporta una prueba concreta, la respuesta debería centrarse en su función dentro del caso.
Por ejemplo:
“Esta prueba nos permite valorar determinados síntomas de forma estructurada y comparar las respuestas con una población de referencia”.
A partir de ahí puede añadirse la información necesaria.
No hace falta detallar toda la construcción psicométrica del instrumento salvo que sea relevante para la pregunta.
La ratificación no es una clase universitaria.
Es una explicación aplicada a un caso concreto.

Cuando las siglas dominan la declaración
La psicología utiliza numerosas siglas: MMPI, MCMI, WAIS, PAI, SCL y muchas otras.
Para el profesional son familiares.
Para el tribunal pueden convertirse en una sucesión difícil de seguir.
Si una prueba va a mencionarse varias veces, puede ser útil introducirla primero por su nombre o por su función:
“una prueba de personalidad”
“un instrumento para valorar síntomas”
“una escala de funcionamiento cognitivo”.
Después puede utilizarse la sigla si es necesario.
El objetivo es que el tribunal recuerde qué aporta la prueba, no únicamente cómo se llama.
El problema de las definiciones circulares
El lenguaje técnico puede dar apariencia de explicación cuando en realidad solo reformula el mismo concepto.
Por ejemplo:
“presenta una elevada evitación porque utiliza estrategias evitativas”.
La frase parece especializada, pero añade poca información.
Una explicación útil debería concretar qué se observó:
“evita determinados temas, interrumpe respuestas ante ciertos contenidos y cambia de conversación cuando se exploran situaciones concretas”.
Después puede proponerse una interpretación.
Separar conducta observada y concepto técnico hace que el razonamiento resulte mucho más comprensible.
La jerga también puede exagerar la certeza
Algunas expresiones técnicas pueden sonar más contundentes de lo que realmente son.
Por ejemplo, términos como:
- “indicador”;
- “marcador”;
- “perfil compatible”;
- “patrón típico”;
- o “significativo”
pueden interpretarse como si demostraran mucho más de lo que realmente permiten concluir.
El perito debería explicar el alcance de estas palabras.
Un “indicador” no siempre es específico.
Un “perfil compatible” no demuestra causalidad.
Y un resultado “estadísticamente significativo” no implica necesariamente una relevancia forense elevada en un caso individual.
El lenguaje técnico debería aclarar, no amplificar artificialmente la evidencia.
Cuando la respuesta parece evasiva por ser demasiado compleja
Una explicación muy elaborada puede generar la impresión de que el perito está evitando responder.
Por ejemplo, ante la pregunta:
“¿esta prueba demuestra que el relato es verdadero?”
una respuesta extremadamente técnica puede resultar menos útil que una contestación directa:
“No. Esta prueba no determina si los hechos ocurrieron. Aporta información sobre determinadas características psicológicas”.
Después puede añadirse el matiz necesario.
En sala suele funcionar mejor esta secuencia:
- respuesta directa;
- explicación;
- límite.
Así se evita que el lenguaje técnico sustituya a la contestación.
Hablar para el tribunal, no para otros psicólogos
Otro error aparece cuando el perito adopta un registro pensado para colegas de profesión.
Una comunicación entre psicólogos puede asumir determinados conocimientos compartidos. En sala, ese supuesto desaparece.
Por ejemplo, frases como:
“el perfil muestra elevaciones en determinadas escalas internalizantes con afectación del funcionamiento ejecutivo”
pueden resultar correctas, pero necesitan traducción.
Una versión más clara podría explicar qué significa en términos funcionales:
“los resultados sugieren dificultades relevantes para manejar el malestar interno y mantener determinadas funciones cognitivas bajo presión”.
El objetivo no es eliminar el concepto técnico, sino conectar ese concepto con su significado práctico.
Las metáforas pueden ayudar, pero con cuidado
En ocasiones, una metáfora facilita la comprensión.
Por ejemplo, puede explicarse que una prueba “no funciona como un detector de verdad” o que una conclusión se basa en “varias piezas que deben encajar entre sí”.
Este tipo de recursos puede resultar útil.
Sin embargo, las metáforas también pueden simplificar demasiado o introducir significados que el instrumento no posee.
Por ello, deberían utilizarse como apoyo explicativo, no como sustitución del contenido técnico.
Una buena metáfora aclara.
Una mala metáfora persuade.
El equilibrio entre simplificación y precisión
Traducir un concepto no significa vaciarlo de contenido.
Existe un riesgo contrario: simplificar tanto que la explicación termine siendo imprecisa.
Por ejemplo, decir que una prueba “mide si alguien miente” sería fácil de entender, pero probablemente incorrecto.
Por tanto, la comunicación debería mantener un equilibrio:
- lenguaje comprensible;
- términos técnicos cuando sean necesarios;
- explicación breve de su significado;
- y delimitación de lo que permiten concluir.
La claridad no exige eliminar los matices.
Exige organizarlos.
El perito debería adaptar el nivel de detalle
No todas las preguntas requieren la misma profundidad.
Algunas necesitan una respuesta breve.
Otras exigen explicar metodología, limitaciones o criterios de interpretación.
La capacidad de adaptación es importante.
Si el tribunal pregunta por un concepto específico, puede desarrollarse con más detalle. Si la cuestión es general, una explicación excesivamente técnica puede desviar la atención.
Por ello, el perito debería poder moverse entre distintos niveles de profundidad sin perder coherencia.
Dominar una materia implica también saber explicarla de forma breve.
Cuando el lenguaje técnico genera distancia
Una comunicación excesivamente especializada puede crear una barrera entre el perito y el tribunal.
El lenguaje se vuelve impersonal, abstracto y difícil de conectar con el caso real.
Esto puede resultar especialmente problemático cuando se describen cuestiones funcionales.
Por ejemplo, hablar únicamente de “alteraciones en regulación emocional” puede resultar menos informativo que explicar cómo esas dificultades se manifiestan en situaciones concretas.
El lenguaje técnico debería servir para organizar la realidad observada.
No para alejarse de ella.
Evitar respuestas que parecen más seguras de lo que son
El vocabulario profesional también puede transmitir una seguridad artificial.
Expresiones como:
“clínicamente evidente”
“patrón inequívoco”
“perfil claramente compatible”
pueden sonar firmes, pero deberían utilizarse con cautela.
En psicología forense, muchas conclusiones dependen de probabilidades, integración de fuentes y límites metodológicos.
Por ello, un lenguaje más preciso puede ser:
“los datos apoyan esta interpretación”
“existe compatibilidad con”
“la evidencia disponible sugiere”
“no puede descartarse”.
La forma de hablar debería reflejar el nivel real de certeza.
Preparar la traducción antes de entrar en sala
La claridad puede prepararse.
Antes de una ratificación, resulta útil revisar el informe y detectar:
- términos demasiado técnicos;
- siglas;
- resultados psicométricos complejos;
- conceptos que puedan generar confusión;
- y conclusiones que necesiten una explicación sencilla.
Para cada uno puede prepararse una versión comprensible.
No se trata de memorizar respuestas.
Se trata de tener claro cómo explicar una idea sin depender exclusivamente del lenguaje especializado.
Una estructura sencilla para responder mejor
Ante una pregunta técnica, puede resultar útil seguir una secuencia básica:
- Qué significa.
- Qué aporta en este caso.
- Qué límite tiene.
Por ejemplo:
“Esta escala mide sintomatología ansiosa. En este caso aparece elevada y coincide con otros datos de malestar. Sin embargo, por sí sola no permite determinar cuál es la causa de esa ansiedad”.
En pocas frases se mantiene precisión, utilidad y delimitación.
Este tipo de estructura suele resultar más eficaz que una explicación larga llena de conceptos especializados.
La claridad también permite detectar errores
Explicar un razonamiento de manera sencilla tiene otra ventaja: obliga al profesional a comprobar si realmente puede justificarlo.
La claridad funciona entonces como una prueba metodológica.
Cuando el perito puede explicar:
- qué observó;
- cómo lo interpretó;
- por qué esa interpretación es razonable;
- y qué límites tiene,
el razonamiento suele resultar más transparente.
Qué debería evitarse en sala
Algunos hábitos aumentan innecesariamente la dificultad comunicativa:
- acumular siglas sin explicarlas;
- responder con definiciones excesivamente académicas;
- utilizar términos técnicos sin conectar con el caso;
- enumerar puntuaciones sin interpretar;
- introducir conceptos nuevos que no aparecen en el informe;
- y responder de manera muy extensa a preguntas sencillas.
El objetivo no es hablar de forma informal.
Es hablar de forma comprensible y técnicamente correcta.
La claridad también es una competencia pericial
El lenguaje técnico en sala es necesario hasta cierto punto. La psicología forense utiliza conceptos especializados que no siempre pueden sustituirse por palabras cotidianas.
Sin embargo, la utilidad de una pericial depende de que ese conocimiento pueda comprenderse.
El tribunal no necesita que el perito demuestre cuánto sabe. Necesita entender qué ha encontrado, cómo lo ha interpretado y qué límites presenta esa interpretación.
Por ello, la claridad no debería considerarse un elemento secundario de la ratificación.
Forma parte de la competencia profesional.
Un perito eficaz no es quien utiliza el lenguaje más complejo, sino quien puede transformar una cuestión psicológica compleja en una explicación precisa, accesible y útil sin perder rigor.

